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Sobre 'La cortesía de los suicidas', de Luis Díaz Viana. Por manuel Gutiérrez Estévez

09.10.2017

Presentación de “La cortesía de los suicidas” de Luis Díaz Viana.

(Librería Alberti, 15 de septiembre de 2017)

Manuel Gutiérrez Estévez, catedrático y prof. emérito de antropología social de América.

 

 Cuando me dispuse a comentar el libro de Luis Díaz Viana me confundió el título: “La cortesía de los suicidas”. Después de ojear el libro, aunque con rapidez excesiva, encontré pocos suicidas y más bien desdibujados, trazados con distancia y casi con cierta desgana. Durante unos cuantos días, a ratos, pensaba en qué hilo podría seguir para esta presentación; pensaba que, puesto que soy antropólogo como él, debería comenzar por referirme a las distintas clases de suicidios, −egoísta, altruista o anómico-, que había establecido Durkheim a finales del siglo XIX. Pero afortunadamente, antes de ponerme a esta tarea semi profesoral, caí del burro: con apariencia de título, Luis había puesto una trampa para que cayeran en ella los más inocentes y apresurados.

Y yo había caído. Pero es que hasta hace un par de meses, no sabía nada del tarot, aunque era algo que me intrigaba un poco; como me intrigan todas las viejas tradiciones que fueron arrinconadas por el bajo racionalismo. Ahora ya sé un poco más, y de eso, del Tarot en relación a los poemas de Luis, es de lo que voy a hablar. Como sin duda todos ustedes saben mejor que yo, el Tarot es un conjunto de cartas de origen desconocido y de función discutible. Me disculparán, por favor, al decir lo que para algunos serán obviedades superficiales. Se trata de 78 cartas divididas en dos grupos: los 22 “arcanos mayores” y los 56 “arcanos menores”. El libro de Luis contiene 22 poemas correspondientes a los arcanos mayores y uno más, como remate, que se titula “La visión”. Ha habido autores, sobre todo en el XIX, que creían en un origen egipcio del Tarot; otros después, con más sentido, lo han datado en la baja Edad Media: sea entre los albigenses o cátaros para transmitir algunas ideas de un cristianismo renovado, sea como un procedimiento nemotécnico de rituales de hechicería o brujería; también, y esto a mí me parece ahora más interesante, este mazo de cartas ha sido relacionado con el libro de sonetos que Petrarca dedicó a Laura y que lleva precisamente como título el de I Trionfi, “Los Triunfos”. Si así fuera, el libro de Luis tiene un antecedente ilustre del que bien puede sentirse orgulloso.

Él mismo dice que “este libro es un Tarot al revés. Un ejercicio crítico para entender mi vida”. En realidad, pienso yo, no es al revés, sino que eso es entenderlo al derecho. Porque lo que no es el Tarot es un sistema de adivinación; eso queda para los muchos esotéricos de poca monta que hay en nuestra época. El Tarot es, como mostró Jung hace tiempo, una posibilidad de encuentro personal con los arquetipos. Esto es, con los símbolos que articulan las capas más profundas de la persona. Y el libro de Luis es eso: un muestrario de evocaciones sentimentales en relación con los símbolos del Tarot. Es esto lo que, brevemente, voy a comentar. Seguiré el orden del libro que es, probablemente, resultado de haber tirado las cartas de una manera especial: no a la manera horoscópica, ni a la manera céltica, sino quizá a la manera que se usaba en las tierras altas del Duero.

No es por azar que el libro comienza por un poema que lleva por título el de la carta primera, la que tiene la imagen de un mago, de un prestidigitador ante su mesa de trucos.  El mago del Tarot de Marsella –que es el de más abolengo-, tiene en una mano la varita mágica y en la otra una moneda de oro. No hay que perderle de vista si uno quiere sorprender el momento en el que hace surgir la apariencia prodigiosa, lo que sabemos que no es real. ¿O será al revés? Esa duda es la raíz de su encantamiento. Y para tenernos distraídos, el mago habla, habla sin parar. Dice cosas que son mentira para que nos detengamos en pensarlas y mientras tanto, como estamos distraídos, con la mano que ya hemos dejado de observar, ejecuta rápidamente su truco, la trampa que no hemos sido capaces de advertir. Así lo hace Luis en este primer poema. Su primer verso, el primer verso de todo el libro, es una falsedad; dice: “No creo en el Tarot ni siquiera me gustan las cartas”. Uno se queda pensando en ese modo tan contundente, tan poco lírico de empezar, y así absortos en intentar entender a cuento de qué viene esa afirmación, empieza la magia. Uno pasa sin darse cuenta, distraído, por unos cuantos versos de poca relevancia y, de pronto… ¡zás!, ha pasado la varita mágica y escuchamos que nos está diciendo: “…conozco a donde me dirijo: a los territorios de una poesía sólo gobernada por las extrañas reglas del azar y la muerte”. Así que ya nos ha sido dicho. Ya no tenemos excusa para no entender: se trata del azar y de la muerte.  

 

Por eso el poema siguiente está dedicado a la carta número 13 del Tarot, la muerte. La figura muestra un esqueleto con la guadaña de color rojo sangriento y en el suelo alguno de los miembros sueltos de dos seres humanos. ¿Pero por qué serán dos? A veces se tiende a pensar que el yo se conjuga en singular o, incluso a sospechar, que podría ser en plural. ¿Pero dos? Y sin embargo, nuestra experiencia nos habla de una tensión dual a lo largo de la vida. Quizá por eso son dos, los que la muerte tiene que desmembrar. Ha dejado por el suelo los restos: por un lado, las dos cabezas con sus ideas correspondientes, unas manos que representan sus actividades múltiples a lo largo de la vida, y un pie, que le ha llevado a las posiciones desde las cuales ha contemplado las cosas del mundo, el que le ha situado en la perspectiva con que las ha tratado.

El poema de Luis que está bajo su advocación hace rimar “viento” con “tiempo” y “sueño” con “pensamiento”. Ahí está la desmembración, la que hace el viento que silba al moverse con rapidez la guadaña. Dice: “Me lleva el viento que no me lleva, que no me lleve por las afueras de la existencia”. Pero, pese a sus deseos –probablemente ocasionales-, el viento le llevará, como a todos, y al final, como dice: “Nada más”. Así termina su tarea la guadañadora; ya no queda más que cortar.

Y después de la magia y de la muerte, la carta que sale luego es la del ahorcado. Podría parecer que se trata de un suicida y que ya vamos a encontrar la pista explicativa del título del libro. Podría pensarse eso porque de hecho, una de las estrofas del poema habla de cortesía: “¡Con qué exquisita cortesía llegan los suicidas a tirarse a las vías de aquí!”. Pero es un truco más de prestidigitador: no es lo mismo ahorcarse que arrojarse al tren. ¿Por qué habrá esta absurda contradicción? ¿Por qué el poema se llama “el ahorcado” y no hay soga en sus versos? Pues porque la carta del Tarot tampoco representa a un ahorcado, sino a alguien que simplemente está colgado boca abajo con un pie metido en el nudo y con la otra pierna libre flexionada con elegancia; con las manos en la cintura y con una expresión entre arrogante y burlona en su cara. No es un suicida y tampoco es un condenado a la pena capital; más bien parece un acróbata que pone en solfa a la horca misma, y quiere asombrar al público con su postura inverosímil. Es la misma conducta del hombre de quien habla el poema de Luis: alguien que “jugó a las cartas tranquilamente y luego lo anunció: es la hora de mi tren”. De ese modo, gracias a esa sutileza de doble sentido, es como producirá el asombro general cuando se sepa que “su tren” era el que le iba a cortar el cuello.   

El cuarto poema del libro se dedica a la única carta que no lleva número en el Tarot, la que tiene la figura de un loco. Lleva un capuz con cierto aire frailuno, una esclavina con cascabeles y una ropa multicolor; un perro le acompaña o le atosiga, no se sabe bien porque el loco sigue su marcha como si nada, aunque quizá no vaya a ninguna parte y esté solamente dando vueltas con su bastón rojo. Pero más que su aire estrafalario, lo que importa es que la disparidad −como regla de su vestimenta-, nos está señalando su capacidad para ser muchos distintos. Y es esta multiplicidad potencial la que nos fascina, la que nos cautiva y repele a la vez. No está numerada porque puede combinarse con cualquier otra carta, es el comodín, el joker de las barajas corrientes.

Y en correspondencia con la excepcionalidad de la carta, el poema es también el único del libro que tiene un estilo interlocutorio. El poeta se dirige a alguna persona –probablemente a una mujer-, para decirle que él, igual que el loco, puede ser cualquier cosa: un fantasma, una lámpara, un perro, una garza o el corazón del viento. Pero ante todo, podrá ser lo que en algún momento ya fue: “un don antiguo, regalo de los dioses”. Me parece que será en eso en lo que se convierta cuando se esconda en el “pagano refugio”, el título de aquél libro que publicó hace ya veinte años.

Las cartas se barajan de nuevo y se arroja otra sobre la mesa. Ha salido la carta que lleva el número 3 y que se titula “la emperatriz”. Está sentada en un trono alado, o quizá, más probablemente, sean sus propias alas. Tiene el cetro reposando sobre su hombro izquierdo, con la actitud propia de quien no tiene necesidad de empuñarlo para mostrar su poder. Con su mano derecha sujeta el escudo que lleva un águila con las alas desplegadas. Toda la figura transmite el aire imperturbable del dominio. ¿Pero cuál será el ámbito de ese dominio?

El poema de Luis nos lo aclara: no hay mayor dominio que el dominio del tiempo, el que se ejerce sobre la historia. Y así el quinto poema se convierte en diatriba contra la melancolía que afecta a quienes sienten como una aflicción inevitable la circularidad del tiempo: un otoño más, un tiempo al que seguirá otro, “como si tal cosa”, dice Luis. Pero nos advierte, con esa afición profética que él negará, que esto ya no es como antes, que “algo ya no a va ser lo mismo”, que esto “se está terminando”. Como yo soy algo más escéptico, me limitaría a decir, como acostumbran los indígenas quichés: ¿será?

Y nueva carta, la que lleva el número nueve y se llama “el ermitaño” o “el peregrino”. Va vestido como un fraile, lleva un farol en la mano derecha y se apoya sobre un bastón. Transmite serenidad y posiblemente sabiduría. La de quien sabe permanecer en silencio. Luis lo convierte en un mendigo, pero en un mendigo de cuento antiguo, el que sabe cosas que no dice, que se guarda para sí, porque a nadie considera apropiado para decirle lo que sabe. Y él sigue, de pueblo en pueblo, maldiciendo al marcharse porque nadie le ha atendido ni escuchado. Pero, repentinamente, sin que estemos prevenidos, el poema cambia de registro y leemos: “Esta vez quizá no llueva a cántaros”. Así será mejor para el peregrino que podrá seguir andando con su farol a cuestas. Sin que le dejen anunciar lo que sabe, lo que Luis sabe: “que es éste un otoño distinto, de presagios despiadados y epifanías de hiel”. Pero aunque todos lo sepamos, quien mejor lo sabe es la garza que acostumbra a volar por el río de atrás de la casa. La que, igual que el peregrino, no se impacienta; a diferencia del mendigo que se sabe las fórmulas de las viejas maldiciones inapelables.

Sigue la luna, que es la carta con el número 18. Desde luego que se trata de una luna muy especial. Tiene rayos, como si ella fuera su esposo el sol, pero además despide gotas multicolores que son como lágrimas. ¿Por qué llorará la luna? ¿Lo sabrá Luis? En la parte baja de la carta, un enorme cangrejo de río tiene sus tenazas dispuestas para apresar y sobre él, ya en tierra firme, dos perros simétricos aúllan a la mujer que presta su rostro a la luna. A cada lado de ella, dos torres se yerguen en lo alto de las colinas.

Lo que Luis pone bajo su intercesión son unos versos doloridos sobre las víctimas de Caín que no fueron debidamente enterradas en el estallido incivil de la juventud de nuestros padres (quizá la de los abuelos para algunos de los que nos escuchan). Dice: “fueron arrojados como fardos de culpa –bajo la luna− veintitantos cadáveres con forma de mujer. Y así dejaron solos en un mundo sin lágrimas a unos niños perdidos…”. Creo que es por eso por lo que llora la luna. Se mataron entre sí como dos perros azuzados por voces de furia grandilocuente. Mientras el cangrejo esperaba para empezar a mordisquear a los muertos. Pero ahora, yendo hacia atrás, en contra del tiempo, sacaremos los cuerpos de esas cunetas a las que fueron arrojados y, al fin, podremos llorar.

Nueva carta, la número diez, la rueda de la fortuna. Una figura inquietante. La rueda tiene en su cúspide a quien parece su dueño, un monstruo con cuerpo simiesco y cola de león, con alas de murciélago como habitante de la noche. Tiene, pero sin majestad, una corona y una espada agarrada como al desgaire. Y en la rueda, condenados a girar en ella, dos criaturas que es probable que sean dos caras de mí mismo. Algunos comentaristas las han pretendido identificar, o al menos acotar en su sentido enigmático. Quien asciende por nuestra derecha ha sido relacionado con Anubis, el dios egipcio con cara de perro y encargado de pesar las almas de los que morían. El animal de nuestra izquierda, parecido a un mono, ha sido asociado con Tifón, el dios de la destrucción y de la desintegración. Aunque es cierto que Tifón está bajando por la rueda, enseguida estará arriba y Anubis abajo. Nada es fijo. Se pasa de un punto al otro con facilidad, casi sin sentir. Luis, en el poema que coloca bajo este rótulo de la rueda de la fortuna, lo sabe bien y por eso dice: “Lo que asombra e inquieta es lo fácilmente que uno puede desaparecer. La rapidez con que nos esfumamos de la vida”. Y un poco más adelante, escribe: “El fin vendrá –en apariencia− de la mano de la casualidad, la mala suerte, la fatalidad o la locura”. Es decir, en un plis plás, lo que a Luis parece sorprender de “ese último chasquido de los dedos de Dios –o del Diablo- entre la niebla”. Y no hay retorno, aunque se hable de rueda. Y aunque, como el protagonista de este poema, muera en posición fetal durante la madrugada de un año nuevo en un chalet vacío y solitario. Encoger las piernas no es garantía de que uno vaya a nacer otra vez, como en cambio sí que nace el año sonriente y ruidoso.

Así termina la primera sección del libro, la primera ronda, la de la aniquilación. Y viene la segunda, titulada del agua. ¿Podremos tener alguna esperanza de versos más amables? No lo parece. El primero de los poemas de esta nueva sección está bajo el rótulo de la templanza, la carta número 14 del Tarot. A pesar de las apariencias, porque la figura es la de un ángel (femenino si se pudiera establecer el sexo angélico) que tiene la cabellera azul y una flor roja en la frente. El ángel está muy atento trasvasando un líquido desde una jarra azul hacia una roja. Este trasvase, ¿no es lo que hace siempre el poeta? ¿No es su tarea la de pasar siempre, sin descanso, de un recipiente a otro? Así parece entenderlo Luis cuando dice: “palabra o estilete”, “esperar la belleza”.

Quizá pudiera esperarse de la sacerdotisa a quien se dedica el poema siguiente. Pero es extraño, no hay ni belleza ni calma; el poema correspondiente está dedicado a “paisajes dislocados”, pero es la dislocación, la deformidad lo que prima. La figura femenina de la segunda carta del Tarot, sentada con la tiara en la cabeza, tiene un gran libro en la mano y se podría suponer que es un breviario o un libro de horas. Pero también podemos pensar que es un apocalipsis y entonces sí adquieren todo su sentido los versos de Luis: lo que nos rodea, el paisaje que vemos es “un horizonte de escombros verdaderos”, “el detritus orgánico o los plásticos indestructibles e insanos: esta ruina del mundo”.

Por eso, para sobrevivir, siempre sobrevivir, es necesaria “la fuerza”, la carta once del Tarot que, en el libro de Luis, sigue a la templanza. La figura representada es la de una mujer, probablemente refinada, que con sus manos, sin señales de esfuerzo, abre la boca a un león. Une la delicadeza de su semblante y su porte con la potencia de sus brazos. Los versos que Luis pone aquí tratan de sus paseos por los pinares, donde dice que aprendió a mirar y a saber regresar. Esto es, a conocer por dónde se ha ido y por dónde se puede volver. Porque como él dice: “si no sabes los nombres de los parajes que te rodean terminarás por perderte”.  Así que se necesita fortaleza de piernas para el camino, dotes de observación del recorrido y saber los nombres. Porque “conocer es nombrar” dice como corolario.

Pero la palabra que todo el tiempo está rondando sin ser nombrada, “apocalipsis”, ya surge en el poema siguiente que se rotula como “el mundo”, la carta 21 y última del Tarot. Representa a un danzarín andrógino enmarcado por una guirnalda con forma de mandorla y que tiene en sus inexistentes ángulos los símbolos de los cuatro evangelistas: el águila, el buey, el león y el hombre. Pero Luis, al menos esta vez, no presta atención a lo que la figura apela de totalidad del universo y se detiene, en cambio, en un pretexto, el de “los proverbios del agua” y los aforismos de un amigo. Y termina diciendo: “pienso que el aforismo es un buen género para escribir frases desesperadas en los cielos del próximo Apocalipsis”. Y ahí es dónde ha metido al mundo en esta danza.

Un joven rey es conducido por un carruaje tirado por dos caballos, uno blanco y otro negro; así es la figura séptima del Tarot. Y en perfecta conjunción con su sentido oculto, el poema correspondiente de Luis trata sobre un regreso a casa. Supongo que también tirado por dos caballos de distinto color, uno que no quería salir y el otro que lo quería llevar. Dice: “Hace años atravesé barreras de nieve para volver a casa”. Así que volvió. Uno de los caballos −siempre es difícil saber hacia dónde tira cada uno−, lo trajo entre nosotros. Siguió nevando, y se llegaron a casi desvanecer lo que llama “las escenas más intensas de mi vida”. Pero, y esto no lo dice, hay que volver, hay que saber volver, igual que se vuelve de un paseo más familiar a través del bosque de pinos.

La carta siguiente que le salió sobre la mesa quizá le desconcertó, “la estrella”, pero es lo que corresponde cuando uno ya ha regresado a casa. El libro de Luis no tiene ilustraciones, soy yo ahora quien las está poniendo o invocando. Pues bien, la imagen de la carta 17 (la estrella), muestra a una muchacha desnuda junto a un riachuelo y que tiene dos urnas rojas; con una vierte el agua en el río y con la otra sobre la tierra. Lo hace con la concentración característica de un juego infantil (o de un ritual que es lo mismo). Puede pensarse que está cumpliendo, casi sin saberlo, una importante función de revitalización simbólica. Los versos de Luis cuentan cómo su hija hizo un muñeco de nieve, supongo que en la parte de atrás, cerca del río. Y luego lo llevó al porche, como si fuera un cadáver, para, según nos dice, “ver el tiempo que estos restos aguantan sin estar expuestos a los rayos del sol”. Como si se tratara de un sacrificio, pienso yo. Para empujar al invierno a que se marche. Para que vuelva la primavera y el sol que calienta, para que regrese la vida a los campos.

Siguiente poema y nueva carta: el sol. Un sol bondadoso, como el que deshizo los restos del muñeco de nieve, y que casi sonríe a los dos niños que juegan por debajo de él. El ambiente es de seguridad y de encantamiento. Los mismos atributos que debieron tener aquellas sesiones infantiles con los alfareros que se cuentan en el poema respectivo. Porque dice: “No olvidaré tampoco aquel júbilo y la serenidad que mi amigo el alfarero transmitía…”. Parecía un juego pero no lo era; porque no puede ser juego la tarea de construir nuevas formas con la arcilla, como lo que hizo Yahvé. Aquél cuya cabeza se confundía con la del sol. Por eso Luis termina diciendo: “El cotidiano dios de mi propio génesis”. Y de eso se trata siempre, precisamente de eso: del propio génesis.

Con este poema termina la segunda sección o parte del libro titulada “aforismos del agua”. Sigue una tercera, que lleva como título un oxímoron: “las reglas del azar”, como si fuera posible que el azar estuviera sujeto a reglas. Pero en cualquier caso, me parece que, si por un milagro las hubiera, la primera regla del azar tendría un enunciado parecido a éste: “Cuando se está siguiendo una progresión lógica, debe interrumpirse bruscamente para dejar entrada al silencio o al sueño”. Y creo que debo cumplir con esta regla recién inventada. Porque podríamos seguir así con los ocho poemas que faltan por comentar. Pero hay que dejar sitio a la suposición, a las figuraciones de cada uno, así que creo que esto es suficiente para apreciar lo que, a mi parecer, tiene este libro de insólito. Y es que se trata de un libro cifrado; que no puede ser leído así sin más ni más. Naturalmente que lo mismo se podría decir de cualquier libro escrito por un poeta (aunque no por un bertsolari). Pero me parece a mí que este caso es un poco especial. Porque cada poema tiene una clave que no solamente está en otros poemas del mismo libro, lo que no sería nada raro, sino que está fuera del libro: en una antigua baraja de cartas dibujadas para viajar −llevados de la mano por el poeta-, hacia el interior de uno mismo. Y, como cada quien es hijo de su padre y de su madre, la interpretación que he esbozado no tiene porqué ser compartida por otros lectores; cada uno tendrá la suya, como es lógico. En resumidas, si me permiten una recomendación final: hay que comprar el libro de poesía y la baraja de Marsella para ir, a la vez, leyendo y mirando. En realidad, pensando y soñando. Dejando que el viento produzca las asociaciones que quiera, las que cada uno de nosotros tengamos inscritas en nuestro propio espíritu.

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